El Museo de muertos

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A Víctor Julio Luque Cervantes (26) y José Antonio Pirela Ríos (28) los mataron a machetazos. El tercer cadáver estaba enterrado y sin identificar. Solo dos calles separaban a las víctimas. La Policía aún investiga las razones de los asesinatos

Andrea Querales/ La Verdad

Se despertó ayer, a las 6.00 de la mañana, caminó hasta el frente de su vivienda, miró a un lado y encontró dos cadáveres. El ama de casa de la avenida 108 con calle 72, en el barrio El Museo, no reconoció a las víctimas y llamó de inmediato al cuadrante policial de la parroquia Luis Hurtado Higuera.

La sangre de Víctor Julio Luque Cervantes (26) y José Antonio Pirela Ríos (28) mancharon la cerca de latas de la casa roja. Los cuerpos yacían en la esquina, boca arriba y cubiertos por dos sábanas viejas y percudidas. Al descubrirlos tenían heridas de arma blanca por todos lados.

Cinco oficiales de la Policía Nacional Bolivariana resguardaban el lugar, mientras tres detectives de la Policía científica inspeccionaban la escena. Finalmente comentaron que usaron un machete para el doble homicidio.

Los vecinos se aglomeraron en la otra esquina de la calle arenosa y comentaban entre sí que en la madrugada escucharon ruidos. Nadie salió por temor hasta el amanecer.

A los detectives les comentaron unos curiosos que “presuntamente estaban robando”. Ese sería el motivo del asesinato, por lo que se inclinan al ajuste de cuentas como móvil. Los identificaron por las cédulas de identidad que guardaban en sus pantalones.

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El olor lo delató

Los curiosos corrieron dos calles entre terrenos y maleza hasta llegar a la 70 con avenida 109. El hallazgo de un tercer muerto los hizo movilizarse. La nueva víctima estaba enterrado y sin identificar.

La putrefacción alertó a los lugareños. Un perro escarbaba cerca y el olor se intensificó. Una montaña de arena roja y un enjambre de moscas cubría la parte del cuello y de la oreja de la víctima que sobresalía de la tierra. De cerca o lejos apenas se podía apreciar el cadáver, lo enterraron en posición fetal y vestía una chemise de rayas, un short y unas gomas azules oscuro.

El homicida escogió una zona desolada, rodeada de casas en construcción y monte. La familia más cercana se ubicaba una a unos 50 metros y a otra a 300 metros. Del entierro no hubo testigos.

Al menos 30 averiguadores rodearon el hueco. Unos se montaron hasta en la montaña de arena para ver mejor. Ninguno identificó al hombre. Pero creían que se trataba del “Boca” o del “Perro”, un vecino “que vive para atrás” y a quien conocían por esos apodos.

Todas las versiones coincidían, nadie vio nada. Una curiosa que agregó que la noche del pasado miércoles escuchó muchos ladridos de perros, supuso que sería por eso.

Otra de las vecinas comentó que “ese pude ser el muchacho que está desaparecido desde el domingo y la última vez que lo vieron fue en un open” que hubo en la barriada.

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Última parada

Las comisiones llegaron después de levantar los dos cuerpos de la calle 72. Destaparon un poco más el cuerpo y lo sacaron para montarlo en la furgoneta.

La data de muerte, según los detectives, era de tres días. Estaba en avanzado estado de descomposición, la piel ya se despegaba sola. A primera vista no le observaron heridas de arma blanca ni de fuego, pero sí como especie de golpe en la cabeza.

El cuerpo lo encontró un albañil que trabaja en una de las residencias. Los policías lo llevaron a la sede de Altos del Sol Amada para tomar su declaración.

A los tres muertos los llevaron a la morgue forense para inspeccionarlos mejor y practicarles la necropsia. Hasta ahora se indaga si los crímenes se relacionan y las hipótesis de ambos casos.

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