Noelia Mogollón: Al pan, pan y al vino, vino

Cambiar el nombre de las cosas es más literatura y quizás “políticamente correcto” que el citarlas o reconocerlas por su nombre. Esto último se ha convertido en un acto de transgresión.

Siempre me sentaba en el primer pupitre de la segunda fila. Consideraba que era la mejor ubicación para el índice“espectáculo”; si giraba mi cabeza a la izquierda podía visualizar el “espacio de luces y sombras”, y si por el contrario la giraba a la derecha me encontraría con “el trono del dictador de turno”.

Si por casualidad llegaba luego de la hora reglamentaria, de antemano sabía que sería un día perdido. No solo no podría visualizar lo que con tiza el dictador escribiría en la pizarra, sino que no escucharía lo que justo ese día y no otro, explicaría para el examen.

Mi imaginación era autónoma y no me molestaba, salvo cuando a través de mi lengua daba inesperados paseos y me metía en problemas. Creo que básicamente todo me aburría y para evitarlo cambiaba los nombres de ese todo. No contaba con más de nueve años de edad, con una curiosidad sin freno y una sagacidad penalizada por cualquier sujeto investido de cierta autoridad.

Así que a la clase del tercer grado de primaria le llamaba “espectáculo”, al patio de recreo “espacio de luces y sombras” porque a medida que transcurrían las horas, el sol jugaba a cambiar de posición y se formaban divertidas siluetas, al maestro o suplente del mismo “dictador” y a su escritorio “el trono”. Si estaba pendiente de no decirlo en voz alta, podía ser un juego inofensivo, no le hacía daño a nadie y yo sería políticamente correcta, aunque ese concepto no lo entendería sino años, muchos años después.

Un día en el que llegué temprano al aula, no me percaté del mal humor del dictador de turno. No le prestaba la más mínima atención a lo que decía. Una nimia trasgresión comparado con lo que sucedió después.

Resulta que sobre la pizarra, casi rozando el techo, se encontraba una serie de retratos de Simón Bolívar, colocados de forma cronológica y estratégicamente ubicados, quizás indicando su preponderancia en la historia de mi país. Observé cada uno de los cuadros y poniendo en práctica parte del legado de libertad, en este caso el de expresión, que hasta ese entonces creía había dejado dicho prócer, dije: “No es por nada maestro, pero Bolívar era feo y lo demás es cuento”.

rostros-22Más vale que le hubiese puesto atención a la clase, que por cierto, mi memoria se niega a recordar de qué iba, o mejor aún, no debí decir lo que pensaba del “Padre de la Patria” (o de sus retratos).

El dictador me envió a la dirección (en la actualidad lo nombraría “La Tumba”). Y cuando llegó mi madre, que casualmente en su mejor momento le llamaban “ojitos lindos”, por tener ojos claros, me pegó con una correa desde la escuela hasta la casa. En ese tiempo no existía una ley que me protegiera de abusos o maltratos, hecho por la autoridad, aunque de seguro eso no la hubiese detenido.

Ese día descubrí que emitir mis opiniones sin pasar primero por un conveniente filtro, haría que el dictador de turno hiciera gala de toda su brutalidad, esto último, literalmente.

La reacción más común luego de ese episodio es de “mejor no decir nada” para no herir susceptibilidades o lo que diga pueda constituir a la postre un peligro para mí. Es la reacción normal de una asustadiza y desprotegida niña de nueve años, sin embrago, hoy más de treinta años después, me siento convencida de que omitir, callar o “maquillar” mi opinión por ser “políticamente correcta” le otorga más poder a cualquier “dictador” con el que me pueda tropezar en mi vida.

No he olvidado la cara de horror que puso mi maestro al considerar que mi opinión era un insulto hacia la majestad de Simón Bolívar, lo cual para mí su consideración no pasa de ser “políticamente ridículo”.

Hoy día muchos de nosotros evitamos opinar acerca de los verdaderos horrores que viven los ciudadanos en los que justamente fueron los países liberados por Bolívar del yugo español. ¿De verdad creen que un militar de su rango y posición estaba pendiente de lo que era o no “políticamente correcto” decir por temor a represalias? ¡Sí, cómo no! ¿Se imaginan a un Bolívar “mudo”?

Supongo que más de un siglo después, no sería “políticamente correcto” decir que ese mismo Bolívar fue un mal estratega, porque no previó que todos eso “pueblos”, una vez lejos de las garras de un imperio, estarían expuestos a cualquier otro imperio, o de las garras de la corrupción, o del narcotráfico, de las malas políticas de unos intrigantes, inestables, radicales, manipuladores _ y algunos hasta usurpadores_ gobernantes.

Con esta columna quiero llamar al pan, pan y al vino, vino; no solo daré mi opinión de lo que mis ojos ven, junto a mi capacidad de análisis, sino que además me rehúso a ser “políticamente correcta”, porque léeme bien “dictador de turno”, sigo teniendo una curiosidad sin freno, sigo siendo sagaz, pero ya no tengo nueve años.

Noelia Mogollón

 

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