Luis Eduardo Martínez: Piazzale Loretto

luis eduardo martínez
Escribo esta columna en Milán.

Arribé a la antiquísima ciudad  pocas horas antes para recibir un Doctorado Honoris Causa en la Università Delle Tre que más que a mí honra a centenares de docentes y miles de estudiantes de las universidades que gestiono.
Dudé mucho en venir, dadas las difíciles circunstancias que atraviesa Venezuela, pero pesó más el compromiso adquirido meses atrás y la insistencia de los promotores. No he terminado mi discurso de agradecimiento pero me enfocaré en que se conozca más la lucha que se libra en las calles de nuestro país y el rol que la educación jugará en la construcción de una nueva nación.
Desde la ventana de la habitación que ocupo puedo ver Piazzale Loreto. A esta hora es toda tranquilidad con sus fuentes lanzando al aire rítmicamente pequeñas columnas de agua y sus árboles meciéndose levemente por el viento madrugador. No siempre fue así.
El 10 de agosto de 1944 integrantes de la  Legión Autónoma Mobile Ettore Muti, una especie de colectivos del régimen de Mussolini, masacraron sobre sus lozas a 15 partisanos que se enfrentaron a la dictadura de El Duce.
Menos de un año después, el 30 de abril de 1945,  tras su fusilamiento el día anterior, fueron colgados cabeza abajo en las farolas de Piazzale Loreto,  Benito Mussolini,  su mujer y quince altos dirigentes del gobierno recién depuesto. Sus cuerpos fueron apaleados, escupidos, orinados e incluso mutilados.
23 años atrás, en medio de grandes manifestaciones populares,  Mussolini había jurado como Primer Ministro. Poco después asumió  poderes absolutos, aplastando a los partidos de oposición, cerrando periódicos, juzgando a civiles que le adversaban.  Sus simpatizantes pasaron a formar la  Milicia Voluntaria para la Seguridad Nacional que generalizó el terror.  Con Hitler suscribió  el “Pacto de Acero”, sobre el supuesto de la supremacía de sus ideologías y la convicción que gobernarían mil años, conduciendo  Italia a la guerra cuyo balance trágico fue de un millón de muertos, la quiebra de su economía y la destrucción de su infraestructura  incluido  mucho de su milenario patrimonio cultural.
Mussolini era un carismático orador y gran demagogo que podía pasar horas hablando a sus seguidores. El estado que creó se fundamentaba en corporaciones integradas por representantes de los empresarios, trabajadores, campesinos, estudiantes, mujeres y otros sectores de la vida social italiana –estructura muy parecida a la propuesta Constituyente- que reunidos en la Cámara de las Corporaciones reemplazó al parlamento. El estado regulaba hasta el detalle cualquier actividad económica y laboral.
Mussolini fue un tirano que seguramente nunca imaginó su final que fue también el de los suyos.
Quienes usufructúan hoy el poder en Venezuela, asesinando, encarcelando, atropellando para sostenerse, conviene que se detengan unos minutos y revisen los libros de historia para que se fijen como terminaron los que fueron verdugos de sus pueblos. Quizás entonces reflexionen y faciliten una pronta salida.

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