Jaime Bayly: Ya ni mis calzoncillos son míos

Jaime-Bayly

Leo llegó traumatizado, temblando, llorando, en un viaje largo desde Iowa, con escala en Atlanta. Silvia lo abrazaba y le hablaba y le prometía que lo peor había pasado ya, pero él no sabía si estaba en buenas manos y nos miraba con timidez, así comienza Jaime Bayly su artículo semanal.

Finalmente, ha llegado Leo.

Leo es un cachorro marrón, de tres meses, raza bichon-poo, pelo ensortijado, ojos que miran con inocencia y ternura, una colita que se mueve neuróticamente cuando lo acaricias y le hablas en un idioma, el español, en el que no le habían hablado en Iowa, donde nació.

Leo, qué suerte tienes de que Silvia, mi esposa, te haya elegido, contrariando expresamente mis deseos, desafiando con insolencia mi menoscabada autoridad. Tienes suerte, pequeño, porque en esta casa te darás la gran vida y recibirás todo el amor que mereces, e incluso el que no mereces.

No han sido fáciles estos primeros días. Leo llegó traumatizado, temblando, llorando, en un viaje largo desde Iowa, con escala en Atlanta. Silvia lo abrazaba y le hablaba y le prometía que lo peor había pasado ya, pero él no sabía si estaba en buenas manos y nos miraba con timidez y, al mismo tiempo, con ganas de agradarnos y encajar en nuestra familia.

La primera noche, Leo llegó a la casa ya tarde desde el aeropuerto, y nuestra hija Zoe dormía, y no quisimos despertarla, pues al día siguiente tenía colegio. Como Leo estaba exhausto y espantado por el viaje en un avión frío y ruidoso, confinado en una cajuela, nos dio tanta pena que decidimos que durmiera al pie de nuestra cama, sobre la alfombra, desobedeciendo las instrucciones de su entrenador en Iowa, quien nos había dicho que Leo debía dormir encerrado siempre en una cajuela, cubierta por ropas nuestras, impregnadas de nuestros olores. Tratamos de confinarlo en la cajuela, pero lloró tanto que no dudé en decirle a mi esposa que lo sacáramos y lo tendiéramos en la alfombra, al pie de nuestra cama. Sin embargo, siguió llorando, poniéndose en dos patitas, tratando de subir a la cama. Me puse tapones de goma en los oídos pero no pude dormir, los llantos del perrito eran desgarradores. Me rendí. Le pedí a mi esposa que subiéramos a Leo a la cama. Se acomodó entre nosotros. Durmió profundamente. De los tres, fue el que mejor durmió, a no dudarlo. Yo me despertaba cada media hora, mi esposa también. En un par de ocasiones ella lo llevó al jardín para que hiciera pipí. Nos tenía preocupados que no comiera nada. Probablemente no tenía apetito por el cansancio del viaje.

A la mañana siguiente nuestra hija fue al colegio temprano, acompañada de su nana, sin advertir que Leo había llegado a la casa. Silvia había planeado todo para que fuera una gran sorpresa que ella se llevaría al salir de sus clases, a las tres de la tarde. Zoe no estaba al tanto de la conspiración para hacerla feliz. Nos había dicho muchas veces que soñaba con tener un perro, pero yo le había dicho que me oponía por varias razones: duermo hasta mediodía y los ladridos me perturbarían el sueño; viajamos todos los meses y quién se haría cargo del perro mientras no estemos en casa; tuve una infancia traumática en una casa en el campo con muchos perros, porque mi padre, furioso, siempre molesto, enojado conmigo porque yo era idéntico a mamá, era mi madre con un penecillo, me castigaba, ordenándome recoger las cacas de los perros de los interminables jardines de la casa: por todo eso, me parecía altamente imprudente traer un perro a la casa. Pero mi esposa decidió que mi sentido de la prudencia era una exageración y que el sueño de nuestra hija debía ser cumplido, y por eso compró el perro con su dinero, pagando una fortuna, y me pidió que fuera a buscar a Zoe al colegio para esperarla en la casa con Leo metido en una caja, forrada con papeles y lazos de regalo.

Cuando Zoe abrió la caja y vio a Leo, dio tantos saltos de alegría, y se emocionó tan vivamente, y lo cargó con tanto amor, que comprendí que Silvia había hecho lo correcto. Pero no iba a ser fácil, no estaba siendo fácil, por lo pronto la primera noche había sido sumamente ardua para mis estándares, y faltaba ver qué pasaría la segunda noche, si Leo seguiría durmiendo en nuestra cama, o se acomodaría en su cajuela, o qué. Pero la segunda noche sobrevino el caos: Zoe quiso que Leo durmiera en su cuarto, en su cama, y Silvia le dijo que tal cosa no era posible; Silvia quiso que Leo durmiera abajo, en su cajuela, solo, en la casita de huéspedes, pero Leo lloró tan desconsoladamente que tal cosa no fue posible, porque yo me convertí en su abogado defensor y pedí clemencia por el pobre caniche humillado; yo quise que Leo durmiera en nuestra cama, y en efecto lo intentamos, pero Leo se meó en el medio mismo del colchón, y yo desperté con un calorcillo húmedo y bienhechor que era el riachuelo de orín de Leo extendiéndose en mis dominios; y Silvia despertó con Leo frotándose en sus piernas y tratando de echarse un polvo rápido con ella, en mi propia cama, poniéndome los cuernos mientras yo dormía, confiando en su inocencia y lealtad. Indignado de ver que Leo estaba copulando con el muslo de mi esposa, me puse de pie, dije dos o tres cosas dictadas por la rabia y el despecho, y me retiré a dormir a la casita de huéspedes: es decir que el perro me derrotó de una manera tan abusiva que fui yo quien se fue a dormir afuera, disgustado, y él se quedó en mi cama, con mi mujer, con mis almohadas, meándose a placer en mi territorio, haciéndolo suyo, y frotándose con una lujuria persistente en las extremidades de mi esposa. Maldije a Leo, maldije a mi esposa, maldije a los mercachifles usureros de Iowa que nos vendieron a Leo por una fortuna, y me dormí de mala gana, regañando, derrotado, humillado.

A la mañana siguiente desperté de mejor humor, pues había dormido ocho horas corridas, sin interrupciones, calcé mis pantuflas de conejo y me dirigí a la cocina para tomar un jugo de naranja con linaza. Abriendo la nevera, resbalé, pisé algo extraño: Leo me había dejado una donación fecal en la cocina, y yo había pisado redonda esa gracia, y casi me fui de bruces por eso. Maldije a Leo, maldije a mi esposa, grité, insulté, amenacé, pero bien pronto comprendí que estaba solo en la casa, así que no me quedó más remedio que limpiar yo mismo el estropicio que había causado. Pensé: los perros son más inteligentes que los humanos porque nosotros recogemos sus cacas, no son ellos quienes recogen las nuestras.

Cuando Silvia y Leo llegaron tan contentos de pasear por la isla, me quejé amargamente del incidente fecal, pero no me hicieron caso y me miraron con una cierta condescendencia, como diciéndome: ya, ya, viejito, no te quejes tanto, relájate, ya perdiste, ya Leo es parte de la familia, mejor acostúmbrate, porque si alguien se irá de esta casa serás tú, viejito quejumbroso, y no Leo, la nueva estrella de la familia, el hijo hombre que no pudiste tener por ser tan afeminado y afectado. Fuimos a almorzar al café de siempre, nos sentamos en la terraza para mayor comodidad de Leo, y él se durmió bien pronto, arrullado por el canto de los pájaros y un vientecillo venturoso, reconfortante. Se durmió tan profundamente que cuando terminamos de comer y pagué la cuenta, me puse de pie y entonces mi esposa me reconvino en términos severos, ordenándome que me sentase y diciéndome que no iríamos a ninguna parte, pues sería una crueldad despertar al pobre Leo de su siesta, así que mejor me pedía un café y un postre, porque esperaríamos pacientemente a que Leo despertara, pobrecito, seguía cansado por el viaje, necesitaba reponerse, una siesta profunda le vendría tan bien, me decía mi esposa, mientras miraba a Leo arrobada y le hacía una y diez fotos como si fuera su hijo, amándolo tan intensa y devotamente que ahora yo sentía celos de Leo, sentía que Leo me había desplazado de mi trono en la familia y de pronto él era el rey, el emperador, el zar de todos los afectos, y yo me había convertido en su súbdito callado, meado, exiliado de mi propia cama y manchado por sus cacas sembradas en mi casa como minas unipersonales.

Una vez que despertó, tuvimos que llevarlo al veterinario para que le pusiera las vacunas de rigor y le hiciera un examen médico completo. Silvia aprovechó para preguntarle si podíamos viajar con Leo. El veterinario aprobó la idea, aunque sugirió que podíamos dejarlo en un pequeño hotel para perros acá en la isla. Pregunté el precio diario de dicho hotel, me lo dijo, quedé estupefacto, pasmado. Mi esposa no lo dudó, dijo que viajaríamos con Leo a todas partes, y que si no lo admitían en la cabina del avión o en el hotel, entonces cambiaríamos de avión o de hotel, o no viajaríamos, pero Leo estaba primero. Pensé que ella estaba enloqueciendo, pero no me atreví a decírselo. Me conminó a llamar a los hoteles donde teníamos reservas, para preguntar si podíamos llevar a Leo. En mayo viajaremos a Nueva York y Vancouver; en junio a Los Ángeles, la ciudad preferida de mi esposa; en julio a Buenos Aires y Valle Nevado, porque ella ama esquiar; y si alguno de los hoteles donde ya teníamos reserva nos decía que Leo no era bienvenido, entonces cancelaríamos la reserva y nos iríamos a otro hotel. También me encomendó que preguntase si esos hoteles tenían clubes de perros o nodrizas que cuidasen perros. Llamé y pregunté. En efecto, siendo buenos hoteles, casi todos tenían un servicio de “babysitter” de perros, que cobraba la friolera de veinte y hasta treinta dólares la hora. Quedé estupefacto, pasmado. Mi esposa celebró con entusiasmo la noticia y me dijo que si Leo no venía con nosotros, ella no viajaría. Me quedó claro que ella estaba perdidamente enamorada de Leo, ya no de mí. Reducido al papel de súbdito que pagaría las cuentas y cargaría las maletas, comprendí que era mi destino amar al bendito Leo y, derrotado en toda la línea, me dije que tendría que acostumbrarme a viajar con el perrito hasta el fin de los tiempos.

Esa noche, cuando regresé de la televisión, encontré a mi esposa y a Leo en nuestra cama matrimonial: ella dormía muy plácida, y él, ocupando mi lugar, mordisqueaba unos calzoncillos míos. Desperté a mi esposa y le pregunté por qué el perro estaba mordiendo y destruyendo mis calzoncillos, y ella me dijo sonriendo que le había obsequiado mi prenda íntima para que así se solazara con mis olores y me extrañara menos. Ya ni mis calzoncillos son míos, pensé, humillado, y me senté a acariciar a Leo.