Jaime Bayly: El gran amor de mi vida

Jaime-Bayly

Una de las cosas que más me gustan de Silvia, mi esposa, es que no ve mi programa de televisión. Nunca, ni por casualidad. Lo evita, lo evade, sabe que es tóxico. Antes venía los viernes al programa, pero ahora me dice que ya no le provoca, que se aburre con mis discursos políticos.

Otra de las cosas que me gustan de ella es que cuando le hablo apasionadamente de política, de los conflictos y las intrigas políticas, de mi incierto futuro en la política, bosteza y se queda dormida sin miramientos.

Pero probablemente lo que más me gusta de ella es que siempre está lista y dispuesta a arreglar el problema que se presente. Y todos los días se presenta un problema por lo menos. La vida es una máquina de fabricar problemas. Silvia es una máquina de resolverlos. Yo, entretanto, me quejo y no hago nada.

Cuando nos enamoramos hace diez años, ella tenía un novio motociclista y peleador callejero, y yo tenía un novio periodista y adicto a la moda. Ambos dejamos a nuestros novios. Ella detectó un primer problema más o menos urgente: yo estaba deprimido y tomaba con ansias suicidas muchas pastillas hipnóticas para dormir. A diferencia de mi ex esposa y mi novio, que estaban resignados a que yo me matara de una sobredosis, Silvia se compró el problema y se ocupó de resolverlo. Habló con muchos médicos, se informó con una curiosidad inagotable, se atrevió a decirme que tenía que ir dejando tal y cual pastilla para probar con otros medicamentos. Fue dificilísimo. Pero con el tiempo logramos dejar los hipnóticos.

También le presenté un problema quemante cuando le dije que quería tener un hijo. Ella tenía apenas veintiún años cuando me anunció que estaba dispuesta a darme ese hijo. Quedó embarazada sin dejarse intimidar por las circunstancias. Con precoces veintidós años, me dio una hija. Problema resuelto. No me dijo: quizás, tal vez, más adelante, ahora no estoy preparada, sería mucho para mí. Nada de excusas. Lo hizo. Punto.

Pensé que, siendo ella tan joven y teniendo a sus padres y amigas en Lima, podría ser un problema que no se acostumbrase a vivir conmigo en Miami. Se acostumbró enseguida. Amó Key Biscayne, mi barrio de casi toda la vida adulta. Se hizo vecina orgullosa de esa isla en la que por fortuna vivimos. Nunca se quejó, se deprimió, se dejó invadir por la nostalgia. Nunca me reprochó que la hubiera alejado de Lima. Al contrario, vio todo lo bueno de Miami y se sintió encantada en su nueva ciudad. Hizo amigas con suma facilidad. Tiene amigas argentinas, españolas, venezolanas, colombianas. Todas la adoran. Todas la buscan porque saben que se ríen mucho con ella. Silvia siempre tiene ganas de salir a tomarse dos copas de vino y reírse de todo. Para ella, todos los días son geniales, felices, perfectos. No se queja de nada. Ve el lado bueno de la ciudad y de su gente.

Yo me levanto a mediodía. Silvia está en pie desde temprano. Cuida de que nuestra hija llegue a tiempo al colegio y, a la vez, me cuida el sueño. Mientras duermo como un holgazán, ella toma clases de tenis con su profesora paraguaya, va al gimnasio de su instructor colombiano, habla por teléfono con su siquiatra argentino que está en Buenos Aires, va al supermercado y hace las compras, resuelve todos los problemas de la casa, hace las diligencias, cumple los mandados. Y todo lo hace contenta, a gusto, sin quejarse.

No hay problema que ella no pueda resolver. Lo que más le gusta es que yo le diga: mi amor, tengo un problema, no sé qué hacer, por favor ayúdame. Ella es feliz ayudándome, enfocándose, tratando de entender cómo resolver el problema. Si se atasca la impresora o se queda sin tinta, ella se ocupa. Si no sé cómo firmar un contrato que me han enviado por correo electrónico, ella convierte el documento de Word en PDF. Si tengo que imprimir un recibo, ella lo hace en un santiamén. Si el televisor no coge la señal satelital y está por comenzar el partido de fútbol y yo me quejo como un pusilánime y maldigo mi suerte, ella se concentra y trae de vuelta la señal del fútbol. Si me salen pelitos en la nariz o las orejas y no sé cómo cortármelos porque soy un tontín, ella me los corta. Si me duele algo, ella encuentra el aparato correcto para darme un masaje. Nunca me dice: estoy cansada, no fastidies, es tu problema. Siempre está lista y dispuesta y encantada de darme una mano y arreglar el problema.

Con nuestra hija es igual. Todos los días Silvia va al colegio y ayuda a la profesora. La adoran en el colegio. Hace de todo. Lo hace por puro placer. Decora, redecora, organiza, compra, lleva presupuestos, hace manualidades: lo que le pidan, allí está ella, siempre lista. Y en las tardes lleva a nuestra hija a clases de karate, a clases de piano, a la sicóloga, a clases de tenis, a clases de actuación. No paran. Son infatigables las dos. Yo, entretanto, estoy en la casa, tratando de escribir, es decir no haciendo gran cosa. Ellas capturan la vida en todo su esplendor y la celebran con un alborozo deslumbrante. Es un placer ver cómo van y vienen sin detenerse un momento a lamentarse de nada. La vida es una película fantástica y ellas son las grandes protagonistas.

Todos los días llegan cajas, muchas cajas a nuestra casa. Todas las compras las hace ella por Amazon. Está siempre atenta a que no falte nada. Sabe lo que me gusta y lo compra sin consultarme. Me compra las corbatas, las medias, los calzoncillos, las zapatillas para correr, las zapatillas para jugar tenis, el mejor protector solar, la mejor crema humectante, todo, absolutamente todo lo que yo pueda necesitar. Sabe mis gustos, mis manías, mis tallas. Sabe lo que necesito antes de que yo lo sepa. Está siempre un paso adelante. Yo voy a la zaga. No me entero de nada. Solo me ocupo de pagar las cuentas. Pero eso no tiene mérito. Tengo tanto dinero que a veces no recuerdo bien cuánto tengo.

Cuando viajamos, ella elige los hoteles, los vuelos, los restaurantes. Ella hace las maletas y decide qué ropa me conviene llevar. Ella se sabe de memoria los números de viajero frecuente, los códigos de viajeros pre-chequeados, las maneras legales de cortar camino en los controles migratorios. Cuando manejo, me dice las rutas, evita las congestiones, usa los programas correctos para llegar más rápido al destino. Si necesitamos un Uber, ella lo llama, pues yo no tengo siquiera la aplicación, tengo un celular viejo que llevo apagado y prendo renuente al final del día para oír los mensajes. Estemos donde estemos, ella sabe cuál es la mejor ruta para llegar al destino correcto en el menor tiempo posible.

¡Cómo se equivocaron los que la subestimaron! Pensaron que era un amor pasajero. Yo sabía que era la mujer de mi vida.

El problema más arduo de cuantos ella ha resuelto fue entender la raíz de mis crisis maníacas y mis crisis depresivas, suicidas. Me llevó de las orejas a numerosos médicos, yo quejándome por supuesto. Fue probando, experimentando, investigando, hasta golpear la tecla correcta. El problema era que soy bipolar. Me dieron los medicamentos correctos y me cambiaron la vida. O me salvaron la vida.

Otro problema que supo resolver con gran inteligencia y sentido práctico fue el de mi bisexualidad. Silvia entendió que, bien mirado, ese no era un problema. No se propuso cambiarme en modo alguno. Le encanta mi sensibilidad femenina. Estimula, alienta, aplaude mi lado gay. Se ríe de mi delicado lado masculino. Deja que ambos fluyan y coexistan libremente, sin represiones. Hacer el amor con ella es una fiesta divertida e impredecible porque no sabemos cuál de los dos será la parte activa y cuál, la pasiva. Lo vamos descubriendo a medida que los cuerpos hablan el lenguaje silente del amor. Puedo ser un hombre más o menos brioso, o una señora más o menos pudorosa. Ella ama a los dos. Puede incluso que ame más a la señora pudorosa que se agazapa en mí. Por eso nos enamoramos, nos casamos y tuvimos una hija. Porque nos parece que el amor es un juego que puede reinventarse cada noche. Es muy aburrido ser el mismo todo el tiempo.

Silvia no tiene miedo de decirme lo que piensa. Si le digo que voy a meterme en política, me dice: vas a perder, te vas a arrepentir, vas a terminar preso. Si le digo que quiero hacer una película, me dice: vas a perder plata, no seas tonto. Si le digo que quiero comprarme una casa en Buenos Aires, se ríe de mí y me dice: es mucho más cómodo quedarnos en el Alvear y desentendernos de las cuentas de mantenimiento, si al final vamos solo dos veces al año. Si le digo que quiero hacer tal o cual negocio (un restaurante, unas pastillas para el pelo, unas gotas de aceite de marihuana), me dice: mejor dedícate a escribir y no pierdas el tiempo haciendo huevadas.

Pero lo que más me gusta de ella es que de pronto estoy hablándole de política tarde en la noche, y estoy completamente poseído por la fiebre política, y me creo un sabelotodo, y siento que estoy diciendo una gran y poderosa verdad, y luego la miro de soslayo y descubro que mi cháchara la ha puesto a dormir. Me enternece mucho ponerla a dormir cuando le hablo de política. Me doy cuenta de que soy un viejo aburrido.

Mañana nos vamos a esquiar a las montañas de Canadá. ¿Quién será la mujer que me ponga las botas de nieve, y me consiga los equipos para esquiar, y me abrigue con la ropa polar más confortable, y me ayude a levantarme cuando me caiga aparatosamente? ¿Quién me recordará mi cita con la masajista del hotel, quién llevará aparatos para hacerme masajes en los pies, quién me echará cremas y ungüentos para aliviarme las lesiones tras las caídas inevitables? Ella, Silvia, mi amor, el gran amor de mi vida.

Solo hay un problema que no parece tener solución, y es que ya no sé vivir sin ella.

 

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