Jaime Bayly: El perro o yo

Jaime-Bayly

Siempre que habíamos hablado de la posibilidad de tener un perro en la casa, le había pedido que ni lo pensara, pues yo me oponía, así comienza su articulo semanal Jaime Bayly.

-Tengo una buena noticia –dijo mi esposa, cuando desperté, pasado el mediodía.

Mirándome con expresión risueña, añadió:

-He comprado un perro.

Quedé sorprendido: siempre que habíamos hablado de la posibilidad de tener un perro en la casa, le había pedido que ni lo pensara, pues yo me oponía.

-¿Me estás preguntando si podemos comprar un perro, o me estás notificando que ya lo compraste? –pregunté, alarmado.

-Ya lo compré –dijo ella, con una gran sonrisa-. Llega el miércoles. Tengo que ir a buscarlo al aeropuerto.

-¿Estás bromeando? –pregunté, al borde de un ataque de nervios-. ¿Vas a ir a buscarlo al aeropuerto?

-Sí –dijo mi esposa-. Llega con su entrenador. Vienen de Iowa. Allí nació. Tiene diez semanas. Es un bebé. ¡No sabes lo lindo que es!

Luego se acercó a mí y me enseñó unas fotos en la pantalla de su celular, las fotos de un perro pequeñito, peludo, un pelo marrón ensortijado, coqueto, que miraba tímido y desconcertado a la cámara.

-¿No es lindo? –dijo ella-. Es una belleza. Lo amo. Es un bichon poodle. Es una mezcla de bichon frisé con poodle. Me costó un montón de plata.

Enseguida mencionó lo que había pagado por el perro y quedé estupefacto: no sabía que un perro podía ser tan caro.

-Déjame pensarlo –dije, tratando de ganar tiempo-. Lo hablamos a la noche, después del programa.

Efectivamente, esa noche me propuse disuadirla de tener un perro en la casa y comencé preguntándole:

-¿Por qué de pronto quieres tener un perro?

-Porque va a traernos mucho amor.

-¿No te sientes amada?

-Sí, me siento amada.

-¿Zoe y yo no te amamos suficientemente?

Zoe es nuestra hija de siete años.

-Es otro tipo de amor –opinó mi esposa-. El amor que te da un perro es otro tipo de amor.

Irritado, me desahogué:

-Yo no sé qué tipo de amor estás buscando. Pero tú sabías perfectamente que no quiero tener perros en mi casa. Nunca los he tenido. ¿Te has vuelto loca para comprar un perro en Amazon y notificarme que en unos días llegará, me guste o no? ¿En qué estás pensando? ¡No puedes tomar esa decisión tú sola, tan graciosamente, y luego comunicármela como un hecho consumado!

-Lo hago por Zoe –dijo ella, replegándose.

-No, no lo haces por Zoe –discrepé-. Lo haces por ti.

-Zoe me ha dicho que su sueño es tener un perro.

-Pero es una niña. No tiene idea de los trastornos que ese perro va a causar en nuestra vida familiar.

-Un perro solo trae felicidad.

-Te equivocas. Tú sabes perfectamente que yo duermo hasta mediodía. El perro va a ladrar cuando Zoe se vaya temprano al colegio. La va a extrañar. Va a llorar, va a ladrar. Y me va a despertar. Y voy a odiar al perro porque no me deja dormir. Y te voy a odiar a ti. ¿De verdad quieres arriesgar la armonía familiar solo por el capricho de tener un perro?

-No te va a despertar. Te aseguro que no te va a despertar.

-¡Cómo puedes estar segura! ¡Los perros ladran! ¡Los bebés lloran! Es como si me dijeras: vamos a tener un bebé, pero no va a llorar jamás.

-Si llora mucho, lo operamos de las cuerdas vocales.

-¿Eso se puede hacer? –pregunté, sorprendido.

-Sí, claro. Es una operación simple.

-¡Pero cómo vas a volver mudo a un pobre perrito! ¡Eso es crueldad animal! –me indigné.

-O sea que prefieres que ladre y te despierte. ¿En qué quedamos?

-No, lo que prefiero es que el perro se quede en Iowa.

-Ya lo compré. Y con mi plata, por si acaso.

-Pídeles que te devuelvan la plata. Diles que tu esposo está loco. Diles que duermo hasta mediodía. Explícales que no puedo dormir hasta mediodía con un perro ladrando en mi casa.

-Te prometo que no va a despertarte. Si ladra, me voy a dormir afuera con el perro, a la casita de huéspedes.

-¿Prefieres dormir con el perro en la casita de huéspedes que acá, conmigo?

-Pues sí. Me da mucha ilusión tener un perro. Y sé que al final, el que más lo va a querer vas a ser tú. Acuérdate de mí.

-¡Eso es lo que más miedo me da! Una vez que el perro entre en la casa, ¡no se va más! ¡No hay retorno!

-No exageres. Si no funciona, lo devolvemos o lo regalamos.

-¿A quién se lo vamos a regalar? No es tan fácil.

-A Marta. O a Lorenza.

Marta y Lorenza son señoras muy hacendosas que trabajan como empleadas domésticas en nuestra casa.

-¿Tú crees que Marta va a querer vivir con un perro, y alimentarlo, y sacarlo a pasear, y recoger sus cacas?

-Claro que sí. Ese perro es una belleza. Te va a robar el corazón.

-¡Estás tomando una decisión que me va a afectar los próximos diez, doce años, y no me la consultas siquiera! ¡Estás loca! ¡Ese perro me va volver loco!

-Bueno, entonces me voy a dormir en la casita de huéspedes con Leo.

-¿Quién carajo es Leo?

-Leo es el perro. Quién más.

-¿Ya le pusiste nombre?

-Sí. Se llama Leo. En Iowa le pusieron Clive, pero yo le he puesto Leo.

-¿Por Messi?

-No, por Zoe. Rima con Zoe. Zoe y Leo. ¿No suena lindo?

-No. Estás loca. Estás oficialmente loca. No quiero un perro en mi casa. Mañana los llamas y cancelas todo. Elige.

Me miró con una media sonrisa, sin dejarse intimidar por mis amenazas.

¡El perro Leo o yo! –grité, enojado, fuera de mis cabales.

Luego añadí, rencoroso:

-Buenas noches.

-Buenas noches –dijo ella, tan tranquila, acostumbrada a mis crisis de histeria-. Pero no te molestes. No es para tanto.

-¡Cómo no voy a molestarme, si sabías que no quería un perro y te importó tres carajos y de buenas a primeras me anuncias que el martes viene el bendito perro!

Al día siguiente, mientras almorzábamos en el café de siempre, mi esposa me dijo, compungida:

-Leo no llega el martes. Está enfermo.

-¿Por qué? –me preocupé-. ¿Qué tiene?

-Está con diarrea. El entrenador me dijo que está muy triste porque lo separaron de su mamá y sus hermanitos.

-¡Pobre! –me enterneció.

-Ya vendieron a todos sus hermanitos. Ya se llevaron a su mamá. Se ha quedado solo.

Enseguida me enseñó fotos de Leo con expresión tristísima, diezmado por los malestares estomacales.

-¡Pobrecito! –me partió el corazón-. ¡Es una barbaridad que lo separen de su familia! ¡Cómo pueden hacerle eso!

-Pobre, sí, debe de estar sufriendo un montón –dijo mi esposa.

-Y entonces, ¿cuándo viene finalmente?

-No sabemos. Primero tiene que recuperarse. Si viaja así, puede morirse deshidratado.

-No, no, qué locura, primero que se recupere –dije.

Luego pregunté:

-¿Zoe sabe algo de todo esto?

-No, es un secreto –dijo mi esposa-. Pero cuando llegue Leo, va a ser el día más feliz de su vida.

Vi más fotos del perrito y me conmovió imaginarlo solo, malquerido, alejado de su familia, estragado por la depresión y la diarrea.

-Bueno, que venga –me resigné-. Probemos un mes. Y si no funciona, ya vemos qué hacemos.

-Va a funcionar, no te preocupes –se alegró mi esposa-. El entrenador lo va a educar. Tiene que acostumbrarse a dormir en su cajuela, afuera, en la casita de huéspedes.

-Va a llorar toda la noche –vaticiné-. Pobre. Mejor que duerma contigo.

-Pero yo no puedo dormir con Leo siempre.

-Sí, claro, eso dices ahora. Después, ¡ya te quiero ver! ¡Vas a subir a Leo a nuestra cama!

-No, eso no, te prometo que no.

-Estoy jodido –dije, en tono melancólico-. Estoy derrotado. Ya perdí. Te confieso que he cambiado de opinión y ahora tengo ilusión de conocerlo y abrazarlo. ¡Es tan lindo!

Me sentí un cursi y un idiota diciendo esas cosas, pero eran ciertas.

-Por eso me ha costado lo que me ha costado –dijo mi esposa-. Es un perro finísimo.

-Me tendré que acostumbrar a que toda mi casa huela a perro –me lamenté-. ¡Lo que siempre quise evitar!

-Esta raza de perro no huele a perro –me informó ella.

-¿No? ¿Y entonces a qué huele?

-A nada. Tienen un pelo que no huele.

-Sí, claro –no le creí-. ¿Y se puede saber qué haremos con Leo cuando viajemos? ¿Has pensado en eso?

-Ningún problema. Lo dejamos en el day care.

Sorprendido, pregunté:

-¿Hay un day care para perros?

-Sí, hay uno acá en la isla. Te cobran por día.

Luego mencionó la cifra que pagaríamos por día para que Leo no nos extrañe tanto.

-Es como tener un hijo más –protesté-. Hay que pagarle entrenador, sicólogo, day care. ¡Cómo se nota que no pagas tú!

-¡Yo lo compré con mi plata! –se defendió mi esposa-. Y si quieres, yo pago todas sus cuentas.

-Da igual. Al final ya verás que Zoe va a querer viajar con su perro. Porque será su perro, no tu perro. Ella no va a dejarlo en el day care, acuérdate de mí. Vamos a terminar viajando con el bendito Leo.

-Bueno, por mí, genial. Siempre he querido viajar con un perrito.

-Estás loca. Oficialmente loca.

Esa noche, al volver de la televisión, le pregunté a mi esposa, sorprendido de mí mismo:

-¿Cómo está Leo?

-Ya mejor.

-¿Cuándo viene?

-El próximo martes.

-Pobre. Debe de ser sufriendo tanto.

-Sí, pobrecito.

-Es tan lindo, ¿no?

-Sí, precioso.

Luego ella me miró a los ojos y dijo:

-Todavía estamos a tiempo de pedir que me devuelvan la plata.

-No, no hagas eso –dije-. Ya me ilusioné con Leo. Ya me encariñé. Pobrecito. Que venga. Probemos un mes.

-¿O sea que ahora quieres que venga?

-Sí. Me da pena devolverlo.

-No te vas a arrepentir. Confía en mí.

-Yo sé. Ya verás que Leo me va a robar el corazón. Me lo voy a llevar al programa todas las noches.

Mi esposa se rió y dijo:

-Eres tan bipolar.

-Sí, lo soy –dije, derrotado y, al mismo tiempo, ilusionado con la llegada de Leo.

 

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