Luis Eduardo Martínez Hidalgo: DESCENTRALIZADOR, CIVIL Y OLIGARQUICO

El pasado 5 de Julio, se conmemoró el 204 aniversario de la declaración de la independencia de Venezuela. Ese día, de 1811, pasada las 2 de la tarde, “los representantes de las Provincias Unidas de Caracas, Cumaná, Barinas, Margarita, Barcelona, Mérida y Trujillo” reunidos en Congreso, dieron por concluido el debate que habían iniciado el 3 de Julio  y con 40 votos a favor aprobaron propuesta con lo que el Diputado Juan Antonio Rodríguez procedió a   declarar “solemnemente la Independencia absoluta de Venezuela”.

Es el 5 de Julio fecha que todos veneramos y, en la Escuela aprendemos,  la más relevante de nuestro muy largo calendario de efemérides históricas. Alrededor de ella, por generaciones se han repetido lugares comunes y otra vez,    como con la Batalla de Carabobo, inexactitudes obviándose hechos reales que, hoy más que nunca, le dan una significación especial a la jornada.

No voy a afincarme en el hecho que el 5 de Julio no se firmó, como proclaman boletines oficiales y muchos medios de comunicación, el Acta de la Independencia porque lo cierto es que tras la votación del Congreso se celebró otra sesión, en la cual se acordó redactar un documento, cuya elaboración se encomendó a Juan Germán Roscio y a Francisco Isnardi, que serviría como Acta, aprobándose esta  el 7 de Julio, transcribiéndose luego al Libro del Congreso para ser suscrita, siendo  el 18 de Agosto cuando se estamparon las últimas firmas. Pareciera más oportuno destacar tres hechos que reiteradamente se pasan por alto:

La declaratoria de la Independencia fue un hecho donde los pueblos de tierra adentro desempeñaron un papel protagónico. A pesar de la incontablemente  voceada frase de Vicente Salias “seguid el ejemplo que Caracas dio” y a la no participación de las provincias de Maracaibo, Coro y Guayana, por su desacuerdo con el desconocimiento de la autoridad del Consejo de Regencia de España e Indias reunido en Cádiz, apenas 5 Diputados lo eran por la ciudad de Caracas – López Méndez, Nicolás de Castro,  Gabriel de Ponte, Fernando Toro y Lino de Clemente-.

La declaratoria de la Independencia también fue un hecho civil. Con excepción de Francisco de Miranda que se había ganado en buena lid sus galones militares en el extranjero –después de haber sido despreciado por el mantuanaje caraqueño- la totalidad de los Diputados participantes eran civiles, si bien tiempo después y por imperativos de la guerra, algunos vistieron uniforme.

Finalmente, y no menos importante, la declaratoria de la Independencia, fue un hecho posible por el activar de la oligarquía criolla y con poca o ninguna participación popular. Los Diputados cuyos nombres encontramos al pie del Acta fueron electos  entre octubre y noviembre de 1811 con un reglamento que solo otorgaba el voto a los hombres libres, mayores de 25 años y propietarios de bienes raíces. No votaron ni las mujeres, ni los esclavos, ni la gran mayoría de la población carente de fortuna. Adicionalmente, las elecciones fueron de segundo grado.

De tal manera que,  en propiedad, los desfiles de tropas y algunos discursos militaristas del último domingo lo fueron por un hecho descentralizador –no solo porque se abjuró del poder central sino porque en la que ya dejaba de ser Capitanía General la mayoría de la representación era formalmente provinciana-, civil y por si fuese poco oligárquico.

Bolívar, que no firmó el Acta de Independencia, pero que desde la Sociedad Patriótica atizó las pasiones, heredero de la familia más rica de la Venezuela de entonces, reafirmó el carácter oligárquico del proceso independentista cuando, tras la derrota de la primera República, en la conocida como Carta de Jamaica,  reclamó a la Corona por el desaire hacia a los blancos criollos, ese “pequeño género humano” digno de ser liberado.

Los atropellos de Monteverde, la ferocidad sanguinaria de Boves, la férrea voluntad de El Libertador, hicieron posible la ampliación de la base de apoyo de quienes procuraban la independencia y con Páez, y sus llaneros, la lucha comenzó a vestirse de pueblo pero se necesitaron varias décadas para que Monagas hiciera efectiva la abolición de la esclavitud y más de un siglo para que tras la Revolución de Octubre de 1945, con Rómulo Betancourt y Acción Democrática a la cabeza, se consagrase en Venezuela el voto universal y con tal la participación de las mujeres, jóvenes, analfabetos y de todo ciudadano, independientemente de su posición económica, en un régimen democrático y de libertades que es la base fundamental de una nación independiente.

Mario Briceño-Irragorry afirmó: “Los pueblos no pueden vivir su hora presente a cuenta de su pasado, por más glorioso y fecundo que este sea.” Es bueno recordar el 5 de Julio pero es tiempo que comencemos a escribir historia nueva, signada por la participación de todos pero en especial de las regiones para que en lo que surja se privilegie el espíritu de la descentralización; la civilidad para que los militares regresen a sus cuarteles y se ocupen fundamentalmente de las tareas que les consagra la Constitución; y en la cual las oligarquías de viejo y/o nuevo cuño –que las hay- cedan el protagonismo a una verdadera y entusiasta participación popular.

 

@RectorUnitecVe

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