Laos, un país lleno de bombas

Laos el país más minado y agujereado del mundo recuerda a sus 50.000 víctimas civiles por los bombardeos de los sesenta y los setenta, durante el Día Internacional contra las Minas

Mónica G. Prieto/ El Mundo

En muchos países, la guerra no termina cuando cesan las bombas. Es sólo el preludio de otro tipo de conflicto: la lucha por la supervivencia en tierras sembradas de muerte, la terrible herencia que pretende recordar el Día Internacional contra las Minas, que se celebra hoy como cada 4 de abril.

Para mantener la memoria, el Gobierno de Laos, el país más minado del mundo, da visibilidad al ingente problema que dejaron los masivos bombardeos norteamericanos de la década de los 60 y los 70 del siglo pasado con el Centro de Visitantes de COPE, una ONG local dedicada desde 1996 a proporcionar ayuda a personas con discapacidades de movilidad y, muy en especial, a las víctimas de los llamados UXO (artillería sin explotar) que, desde el conflicto, se han cobrado unas 50.000 víctimas entre los civiles.

En los pasillos de este particular museo del horror, instalado en el Centro de Rehabilitación Médica de Vientiane y abierto desde 2013, municiones de todo tipo, rudimentarias prótesis y fotografías de sus víctimas ejercen de doloroso recuerdo de la herencia dejada por las bombas norteamericanas contra esta pequeña nación del sureste asiático: se estima que Washington llevó a cabo 580.000 bombardeos entre 1964 y 1973, cuando el Ejército de Vietnam del Norte ocupó parte del territorio y puso en marcha la ruta Ho Chi Minh para garantizar la llegada de suministros y el paso de sus combatientes. El país quedó, literalmente, agujereado como un queso gruyere, como podía apreciarse en las fotografías aéreas.

“Laos era considerado una zona de contención clave en aquella época de la Guerra Fría, enclavada entre la China comunista y su aliado Vietnam del Norte y los aliados occidentales que incluían a Tailandia y Malasia”, explican en su libro Cosecha Eterna Karen Coates y Jerry Redfern. “EEUU comenzó a bombardear Laos a raíz de la construcción de la ruta Ho Chi Minh y, con el tiempo, particularmente bajo la presidencia de Richard Nixon, los ataques se incrementaron de forma dramática y se extendieron a cada rincón del país (…) Cuando acabó, el 17 de abril de 1973, la población de Laos había sufrido el equivalente a un bombardeo cada ocho minutos, 24 horas al día, durante nueve años consecutivos. La campaña fue conducida en secreto, escondida de la opinión pública mundial. Cuando acabó, Laos ya era el país más bombardeado del planeta, per cápita. Y lo sigue siendo”.

Esferas de acero que causan amputaciones y muerte

En total, EEUU lanzó dos millones de toneladas de explosivos sobre Laos, entre ellos 270 millones de bombas de racimo, contenedores de unas 670 minas antipersona cada una. Se calcula que 80 millones de submuniciones no explotaron pero siguen activas, un enemigo invisible que amenaza la vida de los 6,5 millones de laosianos. Esparcidas en el terreno, son tan resistentes como letales. Cada mina contiene 200 esferas de acero que al explotar causan múltiples daños en su perímetro de acción, desde amputaciones a la muerte.

La Convención de Municiones de Racimo prohíbe su uso, pero entre los 108 estados que la firmaron no se encuentra Estados Unidos, que sólo ha invertido en eliminar su herencia mortal en Laos, entre 1995 y 2003, el equivalente a lo que gastó en tres días de bombardeos. Limpiar una zona contaminada de una hectárea implica unos 10 días: es un trabajo manual a cargo de un millar de técnicos formados por el Gobierno laosiano, ayudados por las ONG, que apenas pueden hacer frente al ingente reto.

En un país donde el 80% de la población depende de la agricultura de subsistencia, el hecho de que sus 17 provincias estén contaminadas por minas condiciona las vidas de sus ciudadanos aunque, para desmayo de las autoridades, algunos campesinos han encontrado en el problema una forma de vida: la venta de los proyectiles como chatarra se ha convertido en trabajo para algunos, que armados con detectores de metales y palas buscan municiones por las cuales reciben unos 25 céntimos de euro por kilo, un incentivo para las familias más pobres pese a los riesgos que conlleva.

La metralla se recicla en todo tipo de objetos, desde menaje casero hasta prótesis como la de Singin, un aldeano que perdió la pierna izquierda cuando pisó una mina en 1972. Él mismo se creó una prótesis tallada en madera: el borde metálico que ajustaba al muñón lo hizo fundiendo parte de la bomba de racimo BLU 24 que le amputó. Aquella prótesis ha sido exhibida en todo el mundo, después de que en 2008 recibiese una de polipropileno. Una de las instalaciones de la exposición consiste precisamente en decenas de prótesis de madera, piel y cuerdas improvisadas por las víctimas para rehacer sus vidas, colgando del techo a modo de siniestra advertencia.

Se calcula que el 25% de las ciudades aún siguen sembradas de minas: desde el final de la guerra, en 1974, más de 20.000 personas han muerto o quedado amputadas por las minas. En la exhibición, una bomba de racimo pende del techo con cables invisibles vomitando su carga letal, decenas de minas del tamaño de una pelota de golf, redondas y brillantes. Una tentación para los más pequeños que sigue costando vidas, pese a las campañas de concienciación de ONG como COPE. Se calcula que cada año hay 300 nuevas bajas a causa de las bombas norteamericanas lanzadas hace medio siglo, de las cuales el 40% son niños.