Droga, seducción, secuestro y tortura: La trama de venganza que sacudió a Estados Unidos

Nicholas Kollias fue víctima de una escalofriante trama de venganza y era inocente. Pensaba que iba a encontrarse con dos mujeres, pero terminó secuestrado y torturado durante 40 horas

Dos años después del incidente, Nicholas Kollias logró dormir de noche. Aún recordaba las máscaras de sus agresores, aún sentía el miedo que lo había abrumado cuando entendió que su muerte era inminente.

Había perdido mucha sangre. Su pierna cedía ante la herida de bala que había destrozado su fémur cuando intentó escapar. Finalmente había tomado la decisión: estaba preparado para intercambiar el dolor a cambio de su vida.

Lo más perturbador en ese momento era la incertidumbre. Estaba siendo golpeado, acosado y torturado, pero no sabía lo que había hecho. Era inocente, pero sus agresores ya lo habían sentenciado: estaba condenado a la pena de muerte.

Nicholas Kollias en la Universidad de Rochester

Nicholas Kollias en la Universidad de Rochester

Tres años antes, cuando ingresó a la universidad en 2012, quería hacer dos cosas: jugar al fútbol americano y tocar el piano. Por eso la Universidad de Rochester era una gran opción. Allí, podía jugar en el equipo de su deporte favorito y además había sido aceptado a la prestigiosa Escuela de Música de Eastman.

Estaba tan contento“, recuerda. “Pensé que nunca llegaría a la lista ni en un millón de años“.

En principio, su equipo perdía alrededor de la mitad de los partidos. Pero eso cambió cuando reclutaron a Isaiah E. Smith, un joven talentoso de Bronx. “Tenía el tamaño, tenía la velocidad; simplemente cambió el juego para nuestro equipo“, dijo Kollias sobre su compañero de equipo.

Aunque se había criado en un ambiente duro, constantemente cambiando de vivienda, Smith era buen estudiante en Park East High School. En su primer año en la universidad, fue el jugador más valioso del torneo por tres temporadas seguidas, concretando 80 tackles en nueve partidos. “Era literalmente nuestro jugador defensivo estrella“, lo alabó Kollias.

Sin embargo, afuera del campo de juego, Kollias evitaba a Smith. No le gustaba como se jactaba de su capacidad de conseguirle marihuana a los demás estudiantes. “Tenía una reputación por querer ser el dealer en el campus”, afirmó. “Eso era realmente lo que lo enorgullecía más que sus habilidades atléticas excepcionales, lo cual era estremecedor para mi”.

Según otro jugador del equipo que le compró marihuana a Smith, el dealer decía tener contactos en Nueva York y que podía conseguir lo que quería y cuanto quería. Aunque no engañaba a los jugadores del equipo, corrían los rumores que era un habilidoso manipulador, a menudo quedándose con el dinero de sus clientes sin devolverles nada a cambio.

Isaiah E. Smith

Isaiah E. Smith

El 28 de noviembre de 2015, unas cámaras de seguridad grabaron a Smith reuniéndose con tres sujetos cerca de un complejo de departamentos de estudiantes. Luego de una breve conversación, los tres hombres se escondieron en las escaleras del edificio mientras el defensor estrella conversaba animadamente con alguien en su celular. De pronto, cuando un sedan negro con cuatro pasajeros aparcó en el estacionamiento, Smith le hizo señas a sus tres conocidos para que se preparen.

Según el relato del fiscal, los cuatro pasajeros cargaban dos kilos de marihuana encima. Smith los recibió y los dirigió hacia uno de los condominios del complejo. Él no vivía allí, pero era la residencia de dos miembros de su equipo que estaban de vacaciones y sabía que escondían la llave detrás del matafuegos. Una vez adentro del bloque, los cuatro hombres pensaban que iban a realizar un negocio, pero de repente los tres sujetos escondidos en las escaleras irrumpieron a través de la puerta, rociaron a los traficantes con gas pimienta y les pegaron un martillazo en la cabeza antes de escapar con los dos kilos de marihuana. 

También le pegaron a su cómplice, pero levemente, y no con un martillo. Muy astuto, fue al hospital con los heridos fingiendo que él también había sido víctima del asalto. No obstante, cuando fue cuestionado por las autoridades, su historia fue rápidamente desmentida. Utilizando sus confesiones y la evidencia recolectada de las cámaras de seguridad, la policía lo acusó de hurto, robo y asalto.

Smith fue a la cárcel, pero no duró mucho tiempo tras las rejas. Uno de los asistentes del entrenador de su equipo universitario, Dan Kyle, firmó un bono de USD 15.000 para pagar su fianza. Cuando se reanudaron las clases la siguiente semana, Smith ya estaba reincorporado y el presidente de la universidad había publicado un comunicado al cuerpo estudiantil informando que había ocurrido un incidente en una de las residencias, pero no especificaba exactamente lo que había sucedido. El residente del bloque involucrado, un amigo cercano a Kollias, tampoco estaba al tanto de la gravedad del acto.

Fue entonces que comenzó a desarrollarse una trama de venganza encabezado por Elliot Rivera, el primo de 19 años de edad de una de las víctimas del martillazo. Su amigo y compañero de dormitorio, Lydell Strickland, prometió asistirlo.

Lydell Strickland (arriba a la izquierda), Samanta Hughes (arriba a la derecha), Elliot Rivera (abajo a la izquierda) y Leah Gigliotti (abajo a la derecha).

Lydell Strickland (arriba a la izquierda), Samanta Hughes (arriba a la derecha), Elliot Rivera (abajo a la izquierda) y Leah Gigliotti (abajo a la derecha).

El 4 de diciembre de 2015, Kollias estaba bebiendo unas cervezas con su Ani Okeke Ewo, el residente del condominio que había sido utilizado para el asalto. “Tengo estas dos chicas que quieren encontrarse con nosotros“, de repente sugirió Ewo.

Se trataba de Samantha Hughes, una chica que había agregado a ambos residentes del condominio a Facebook la semana anterior. Acordaron encontrarse los cuatro a la una de la madrugada. A esa hora, Hughes los pasó a buscar en un Dodge Dart azul con su amiga, Leah Gigliotti. Cuando entraron al vehículo, era evidente que Gigliotti había consumido cocaína y Hughes, aunque conducía, había fumado marihuana y bebido Remy, un tipo de cognac.

En el camino, atravesaron un puente hacia un barrio sospechoso. “Fue entonces que comencé a ponerme nervioso”, recuerda Kollias. Minutos después, arribaron al destino: una casa de dos plantas. “Solo recuerdo que lo primero que olí fue orina y excremento, era totalmente asqueroso”, añadió. “Me senté en este sillón de cuero y lo próximo que supe era que de cinco a diez hombres enmascarados salieron con bates de béisbol, caños, cuchillos y armas de fuego“.

22 Harvest St., la casa donde Nicholas Kollias y Ani Okeke Ewo fueron torturados.

22 Harvest St., la casa donde Nicholas Kollias y Ani Okeke Ewo fueron torturados.

Cuando apagaron las luces, Kollias corrió hacia la puerta, pero no había llegado ni a la mitad del recorrido cuando recibió un balazo en su pierna izquierda: “Solo sabía que mi fémur estaba roto por la mitad, y era la misma pierna que me había roto los ligamentos y no estaba bien. De alguna manera me levanté de todas formas y llegué a la puerta, y solo recuerdo mirar hacia afuera y ver a dos chicas sosteniendo la puerta cerrada”. Luego, descubrieron que Hughes era la novia de Rivera y Gigliotti había sido involucrada en el complot cuando Ewo le advirtió que estaba acompañado.

Según relata Kollias, los hombres enmascarados “nos arrastraron al baño, nos apoyaron contra la pared y nos ataron las manos y las piernas juntas, atándonos. Vaciaron nuestros bolsillos -teléfonos móviles, billeteras y las llaves del coche-“.

En un video que grabaron los agresores, Strickland, quién no tenía relación con ninguno de los heridos en el condominio pero igualmente asistió a Rivera a orquestar la trama de venganza, aparece con una máscara de una calavera blanca y negra y con tijeras podadoras en la mano preguntándole a la cámara: “¿Estás grabando, amigo? Esto es lo que los negros van a hacer cuando quieren robarse dos kilos de marihuana de un negro. Esto aquí”, al término de lo cual procede a punzar las tijeras podadoras en la cabeza de Ewo.

Cuando la cámara gira a la derecha, podemos ver a Kollias acostado en el piso y cubierto de sangre. “Por favor, haré cualquier cosa”, se lo escucha suplicar en vano. Mientras lo golpean con todo tipo de armas, se puede escuchar a Strickland decirle a Ewo: “Mira a tu amigo. Él no tiene nada que ver con esto; él empezó a correr”, reconociendo que Kollias era inocente.

Según el testimonio de Hughes y Gigliotti, fue Strickland quién ordenó abusarlos sexualmente. Después de un tiempo, los agresores le dieron una muleta a Kollias para que pueda ir a un pequeño cuarto con un colchón inflable. “Fue entonces que comenzaron a alimentarnos y a darnos comida y agua y hasta medicina”, relata Kollias. Pero la medicina no hizo nada para apaciguar su dolor.

 Me estaba presionando para no desistir y no cerrar los ojos porque no quería morir

Al no regresar a sus hogares a la mañana siguiente, ambas víctimas fueron reportados desaparecidos. Inicialmente, la policía del campus no infirió una conexión entre el atraco de Smith y los desaparecidos. Fue el compañero de dormitorio de Ewo, el otro residente del condominio, que encontró la primer pista que relacionaba a ambos crímenes.

El amigo de Ewo le mostró a la policía del campus la solicitud de amistad de Samantha Hughes que había ignorado por Facebook. Al revisar su página, las autoridades encontraron que era amiga de uno de los traficantes heridos en el ataque de los martillos. Entonces, decidieron entrevistarla.

Tras debatirlo con Rivera y Strickland, Hughes acordó reunirse con la policía en un Dunkin´ Donuts cerca de la casa. Como no quería ir sola, fue acompañada por Gigliotti. Durante la interrogación, Hughes admitió que había estado con Kollias la noche anterior en una fiesta, pero que se había ido temprano. Cuando la policía preguntó por la ubicación de la fiesta, ella sostuvo que no se acordaba, pero aceptó recorrer la ciudad con la policía para ver si reconocía la casa. Luego de guiarlos al lado opuesto de la ciudad de donde estaban siendo recluidas las víctimas, la policía liberó a ambas.

Ese mismo día, los agresores enmascarados ordenaron a Kollias a llamar a su banco a punto de pistola. En una grabación de su conversación con el banco Charles Schwab, se escucha a la víctima rogarle a un agente bancario a que lo ayude a transferir dinero a su cuenta corriente, pero el servicio le fue negado debido a que era un fin de semana.

Michael Ciminelli

Michael Ciminelli

Por la noche, la policía del campus entregó la investigación a la policía de Rochester, una fuerza policial más grande y con más recursos. Según el Jefe de Policías Michael Ciminelli, con 12 años de experiencia en la Administración para el Control de Drogas (DEA), no haber podido transferir dinero durante el fin de semana pudo haber salvado la vida de ambas víctimas.

“No hay duda de que la intención absoluta era, una vez que obtuvieran el dinero de esa cuenta, estos chicos hubieran sido asesinados”, dijo Ciminelli. “Ciertamente no tenían razón para mantenerlos vivos después de eso, y todas las razones para no mantenerlos vivos, francamente. Ahora era una carrera contra el tiempo“.

Esa noche, el compañero de piso de Ewo contactó a Smith para ver si sabía que había pasado con sus compañeros de equipo. Según Ciminelli, Smith llamó a sus proveedores de drogas y les “ofreció USD 15.000 por liberar” a sus compañeros. Pero su respuesta no fue la esperada:

 No queremos dinero; queremos sangre

Cuando Ciminelli fue notificado sobre la conversación de Smith con los traficantes, el jefe de policías movilizó a todas sus fuerzas, incluyendo a su equipo élite de Armas y Tácticas Especiales (SWAT). Además, ordenó interrogar nuevamente a todos los involucrados a ambos crimenes, incluyendo a Smith, Hughes y Gigliotti.

Smith no sabía mucho, pero Hughes y Gigliotti enfrentaban a las autoridades por segunda vez en la misma cantidad de días y comenzaban a ceder ante la presión.

“Mientras buscamos a los chicos, hubo horas y horas de mentiras, falsedades y declaraciones engañosas”, explicó Ciminelli. “Hasta que finalmente, hacia el final, comenzamos a recibir algunos detalles que nos guió a 22 Harvest Street“.

A la mañana siguiente, los hombres enmascarados entraron al cuarto donde estaba Kollias más enojados que nunca.

“Entraron extremadamente enojados”, recuerda Kollias. “Comenzaron a decir que les había mentido, y las tarjetas no funcionaban más, y no podían conseguir más dinero. Fue entonces cuando dijeron que iban a matarnos. Comenzaron a disparar por todas partes y a poner la pistola en nuestra boca y en mi piel disparando y retirando la pistola en el último segundo.”

Kollias recuerda que agarró la mano de su compañero de Ewo y la apretó.“A esta altura, ya me sentía cómodo con morir”, confesó.

Una de las entradas a 22 Harvest St., la casa donde Nicholas Kolliak y su amigo fueron torturados.

Una de las entradas a 22 Harvest St., la casa donde Nicholas Kolliak y su amigo fueron torturados.

De repente, en algún momento de la tarde, una gran explosión sacudió la casa. “La casa entera tembló, y había un enorme destello de luz”, narra Kollias. “Pensé que estaban quemando la casa”.

El equipo SWAT había llegado.

En una de las cámaras que llevaba uno de los agentes especiales, la unidad de élite grabó la operación de rescate. Rápidamente arrestaron a dos hombres que vigilaban a las víctimas y rescataron a ambos. Kollias no podía caminar. Había recibido además de en el fémur otro disparo en el gemelo de su otra pierna, pero él no se había dado cuenta. Además, le habían cortado a ambos las membranas interdigitales de los pies.

Ciminelli recuerda la expresión de los chicos cuando fueron rescatados.

“Lo que me llamó la atención fue la mirada perdida que ambos tenían en sus rostros”, dijo el agente. “He estado aquí por mucho tiempo, he visto muchas cosas. Esta es realmente una clase por sí misma en términos de la tortura física y psicológica. Era tan mala como una película de terror”. 

Esta plancha encontrada en el interior de la casa fue uno de los artículos domésticos utilizados para torturar a las víctimas.

Esta plancha encontrada en el interior de la casa fue uno de los artículos domésticos utilizados para torturar a las víctimas.

Encontraron una variedad de objetos utilizados para torturarlos, incluyendo las máscaras, artículos domésticos y lavandina. Rivera, que consideraba las medidas que había tomado Strickland para vengarse excesivas, ya se había largado y su cómplice, que se había ido de compras con el dinero de ambos, estaba escondido en un hotel.

Ambos fueron arrestados en los siguientes días. En total, fueron nueve los detenidos en el caso y todos fueron sentenciados. Hughes y Gigliotti se declararon culpables y testificaron en contra de sus cómplices. Ambas fueron sentenciadas a más de 12 años de prisión. Tres de los cuatro hombres capturados por el video que grabaron mientras los torturaban en el baño también se declararon culpables y fueron sentenciados a 35 años de cárcel. Por su parte, Strickland fue declarado la “cabecilla” y “mente maestra” del complot. Acusado de 31 crímenes diferentes, fue sentenciado a 155 años detrás de las rejas.

Smith enfrentó los tribunales por su rol orquestando el robo de drogas que instigó la trama de venganza. En el juicio, el Juez Melchor E. Castro lo sentenció a 13 años y medio de prisión. “Supongo que no podrías haberte dado cuenta de los acontecimientos que iniciaste cuando hiciste esto”, dijo el Juez. “Todo esto es culpa tuya”.

Por su parte, Kollias precisó cuatro transfusiones de sangre en el hospital. “Colocaron una vara de titanio a través de mi fémur, sujetada con tornillos en mi rodilla y mi cadera. Me quitaron quirúrgicamente el vidrio de mi tímpano, el cuero cabelludo y mi cráneo”. También opinó que nada de esto hubiera pasado si la universidad y los entrenadores de su equipo hubieran reaccionado debidamente tras el arresto de Smith. 

Nicholas Kollias fue tratado por 25 días en un hospital por sus heridas.

Nicholas Kollias fue tratado por 25 días en un hospital por sus heridas.

Tras la investigación, los fiscales determinaron que Ewo había sido identificado erróneamente como el autor intelectual del robo en su conodminio y que Kollias tuvo la mala fortuna de estar con él aquella noche.

Ya graduado, trabaja para un fondo de inversiones en Chicago. Ya no juega al fútbol americano, pero continúa tocando el piano, que lo ayuda a olvidarse de la tragedia que tuvo que padecer.

Tomé la decisión consciente de vivir, sobrevivir y superar el reto al que me enfrentaba“, dice Kollias. “Y eso es exactamente lo que hice”.

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