Por qué amamos y odiamos a Lila Morillo

Lila Morillo está de cumpleaños este 14 de agosto. Para celebrarlo, Clímax hace alarde del ícono criollo más kitschdel siglo anterior y parte de este. Ella no solo derrocha voluptuosidad, también un pintoresco divismo. Estas son las razones por las que la amamos, pero también la odiamos

 Lila, Lilita, Lilota. Ya pisó los 75 años. Cumple la misma edad que la radio FM en Estados Unidos, y que el libro ¿Por quién doblan las campanas?, de Ernest Hemingway. Mientras ella jugaba en el patio de su casa, allá en Maracaibo, Adolf Hittler daba órdenes y Gandhi lideraba sus últimas resistencias. Ay, Lila, ¡Tú si has vivido! Pero su historia es otra, un poco más pomposa, llena de lentejuelas, farándula y  cirugías. A los 15 años se aventuró con toda su familia a Caracas para probar suerte en el mundo del espectáculo. Desde temprana edad comenzó a cantar en los show de talentos de televisión nacional. En la tarima la inició Mario Suárez. Cita Hernan Carrera en su crónica dedicada a la artista en su libro Marcapasos: “dice la leyenda, que Suárez más bien se deslumbró. Se enamoró perdidamente de aquella indiecita marabina que un día lo estuvo esperando hasta media noche sólo para hacerse escuchar por él. Y la puso en la televisión y en presentaciones privadas y en todas partes lo mismo: “La gente veía a la guajirita y decía: que cante la bonita”  hasta que se dio cuenta que ella tenía suficientes atributos para mover la colita sola. Más tarde, en 1963 debuta como actriz y se lanza como solista. Entre sus telenovelas más destacadas están: La Doña, El Reportero, Viva la pepa, Cosita Rica.

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Mientras exhibía sus curvas por los camerinos llamó la atención de José Luis Rodríguez, “El Puma”, quien para aquel entonces era bolerista de la Billo’s Caracas Boys. Es en 1966 cuando se casa con la fiera. Desde entonces, Lila apoyó e impulsó la carrera de su esposo. Junto a él tuvo dos retoños, las famosas Liliana y Lilibeth Rodríguez. Mientras estuvieron juntos fueron una de las parejas más polémicas de los setentas y ochentas. Más tarde, en 1986 la apretada agenda de los artistas hizo que la separación fuera inevitable.

Su vida llena de drama, quirófanos, faldas cortas y una vida amorosa bien parlanchina hace que el país tenga una relación amor-odio con Lila. No en vano dijo Herman Herrera, en su libro Marcapasos: “Yo de verdad no entiendo por qué tanta gente me mira de esa manera cuando afirmo admirado que diva, lo que se llama diva –y sex-symbol además–, sólo hay y ha habido una en Venezuela y se llama Lila Morillo”. Ella es la diva criolla que parió Venezuela, el icono de las curvas pesadas que nadie sabe si ama u odia.

  1. Un libro abierto

Antes del show mediático de Las Kardashian, estuvo Lila y todo su combo. Como los realitys no existían, Sábado Sensacional y las revistas acompañaron la evolución de toda la familia.  Al principio de su relación con “El Puma” apareció en muchas portadas de medios impresos. Mientras estuvo flechada por cupido el mundo lo supo. Cuando al relación terminó el hecho también fue seguido por todos, incluso las peleas entre Lilibet y Liliana con su padre, que se han extendido hasta el siglo 21.

 

 

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2. Puso de moda los cocos

“Ay, que coco tan redondo”, dice El Cocotero, una de las canciones que más pegó la cantante. Pero más allá de esa lírica, su escote en los años 70 patentó el hecho de que los hombres no miraran a los ojos a las mujeres. Los ojos se quedaban desviados. Sus apariciones en Sábado Sensacional tenían un objetivo claro: sus cocos. Las cirugías en Venezuela pueden tener un antes y un después de Lila. En el 2014 reconoció para El Diario de Caracas: “Sí, tengo muchas cirugías plásticas porque uno cuida su imagen y el público siempre está pendiente de verla a una bonita, bien presentable y coqueta”.