La primera superluna del 2018

El 2 de enero tendrá lugar una Superluna, esto es, sucederá la fase de luna llena mientras nuestro satélite se encuentre en el punto de mayor acercamiento a la Tierra: el perigeo.

Por Rafael Bachiller/elmundo.es

La diferencia de tamaño aparente de las Superlunas con otras lunas llenas no es enorme, pero estas noches de Superluna proporcionan buenas ocasiones para levantar la vista hacia Selene y reflexionar sobre sus misterios.

Plenilunio en el perigeo

En su órbita elíptica en torno a la Tierra, la distancia de nuestro satélite va cambiando, llegando a alcanzar casi los 407.000 kilómetros en los momentos en que se encuentra más lejos (el apogeo). En sus posiciones más cercanas, su distancia puede descender hasta menos de 357.000 kilómetros y, por tanto, en estas ocasiones la Luna se nos ofrece con un tamaño aparente mayor. Es lo que se ha venido a llamar una Superluna. Se trata de tan sólo un 14% de diferencia en el diámetro con respecto al tamaño aparente de la Luna en el apogeo. No es una diferencia enorme, no hay que esperar a ver la Luna llenando la mitad del cielo. Sin embargo, sí que es una diferencia apreciable, y las Superlunas han pasado a ser un pretexto para llamar la atención sobre nuestro bello satélite.
Podría parecer que el ‘plenilunio en el perigeo’ (un término que a los astrónomos nos suele gustar mucho más que el de ‘Superluna’) es el mejor momento para observar los detalles de la Luna. Pero, en mi opinión que ya he expresado más de una vez, esto no es así. Cuando nuestro satélite está en fase de luna llena, la iluminación sobre su superficie es prácticamente vertical, por lo que apenas se producen sombras. Es una iluminación blanquecina, uniforme y sin contrastes, que borra la finura del relieve, que no permite distinguir las paredes de los cráteres ni los promontorios.

Suele ser mucho más agradecido observar la Luna en fase de cuarto creciente o menguante, cuando la línea que divide la zona iluminada de la zona oscura (el ‘terminador’) permite observar las sombras creadas por la iluminación oblicua. Es ahí donde debemos focalizar nuestra atención, pues el juego de luces y sombras que se produce en esa región que separa el día y la noche lunares sí que permite apreciar la profundidad de los cráteres o la altura de los promontorios.

Cráteres y mares

Pero esto no significa que debamos desaprovechar esta Superluna de principios de año, con nuestro satélite tan cercano y tan iluminado, para echar un vistazo.

Las noches de enero, cuando están despejadas, pueden ser las más transparentes del año. Y en el plenilunio, al difuminarse los detalles menores, es posible localizar los rasgos principales de la cara visible con mayor facilidad. Los ‘mares’, esas grandes extensiones de terrenos llanos que ocupan un tercio de la superficie visible, aparecen como las zonas más oscuras. Se llaman así por haberse pensado en la antigüedad que podían ser océanos similares a los terrestres. En la parte este, los mares forman una figura parecida a un cangrejo cuyo cuerpo serían los mares de la Serenidad y de la Tranquilidad y las pinzas el de la Fecundidad y el Mare Nectaris.

Si tenemos la suerte de disfrutar de una noche fría y de cielo bien transparente, con unos prismáticos, podremos gozar de una buena observación de los detalles del disco lunar. Al estar en el plenilunio, la Luna se levantará según se haya puesto el Sol, a las 18h47 m (hora peninsular). Pero para que la capa atmosférica atravesada por la luz lunar sea menor, conviene esperar a que la Luna se levante suficientemente sobre el horizonte para enfocar nuestros prismáticos y deleitarnos con una observación que puede llegar a ser espectacular.

(*) Rafael Bachiller es astrónomo y director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN)

Fotos Reuters y AFP

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