La vida, la obra, la soledad y el suicidio de una mujer atormentada que dejó huellas imborrables

Alfonsina Storni caminó hacia el mar con la convicción de que la muerte elegida es el mayor signo del libre albedrío

“Ella debió ser un simulacro,
en todo caso un ensayo de lo viviente, con vestidos, con huesos, con locura y tabaco”
(Del poema Alfonsina, de Joaquín Giannuzzi, 1924–2004)
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Su padre, Alfonso Storni, un hombre melancólico, la llamó Alfonsina, un nombre extraño que significa “la que se atreve a todo“.
Y vaya si fue así…

Nació lejos de esa Buenos Aires de los años 20, los 30. De cafés, de tertulias, de ciertos poetas desgarrados y suicidas a caballo entre el romanticismo y el modernismo.

Llegó a este mundo, en el que no fue feliz, en Capriasca, Suiza, el 29 de mayo de 1892, durante un retorno de sus padres desde San Juan, la tierra de Sarmiento y el viento zonda, donde eran dueños de una cervecería.

Otra mudanza, esta vez a Rosario, la instaló entre la escuela que fundó su madre, Paulina Martignoni, y el ruidoso café de su padre, cerca de la estación de trenes. La terminal.

Allí, primeros oficios y aventuras. Mesera del café, actriz de una compañía trashumante, giras por ciudades pequeñas y parajes desolados.

Pero mucho antes, niña, había tallado su oficio en estas líneas: “Estoy en San Juan, tengo cuatro años; me veo colorada, redonda, chatilla y fea. Sentada en el umbral de mi casa, muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el rabo del ojo el efecto que causo en el transeúnte. Unos primos me avergüenzan gritándome que tengo el libro al revés y corro a llorar detrás de la puerta”.

Su madre la anotó en el jardín de infantes. Y Alfonsina reveló allí el primer mapa de quién sería.
Testimonio de una de sus maestras: “Es muy curiosa. Hace muchas preguntas. Imagina, fabula, miente. No hay modo de enseñarle a decir la verdad. Inventa incendios, robos, crímenes. Y un día nos invitó a pasar las vacaciones en una quinta… ¡que no existía!”

De los muchos golpes de la vida –como suele decirse…–, acaso el peor fue la muerte de su padre. Alfonsina tenía apenas 14 años. Su vida, en adelante, sería aún más ardua.
Como homenaje le dedicó estas líneas: “Que por días enteros, vagabundo y huraño / no volvía a la casa, y como un ermitaño / se alimentaba de aves, / dormía sobre el suelo / y sólo cuando el Zonda, grandes masas ardientes
de arena y de insectos levanta en los calientes /desiertos sanjuaninos, / cantaba bajo el cielo”.

Y así describió a su madre: “Dicen que silenciosas las mujeres han sido /
De mi casa materna… Ah, bien pudieran ser… / A veces, en mi madre apuntaron antojos / de liberarse, pero se le subió a los ojos / una honda amargura, y en la sombra lloró”.

Esos 14 años de orfandad de padre la marcaron a fuego. “Desde entonces, los bolsillos de los delantales, los corpiños de mis enaguas, están llenos de papeluchos borroneados que se me van muriendo como migas de pan”.

Comienza la estrechez. Ya no existe el café de su padre. Se somete, por necesidad pura y dura, a trabajos precarios: coser para afuera (mester de modistas pobres), maestra rural en Coronda, celadora allí mismo, cajera de farmacia, vendedora de tienda, oficinista en una empresa importadora, redactora publicitaria (avisos de aceite y de yerba)…

Y entre los trabajos y los días (bello título de Hesíodo)…, el 21 de abril de 1912, en el hoy hospital Ramos Mejía, le nace su hijo Alejandro, sin padre conocido, y nunca revelado.

Madre pobre, de apenas 19 años, se aloja con el bebé en una modesta casa que debe compartir con un matrimonio.

No son años propicios para una madre soltera, condición que despierta desprecio y estúpidos juicios morales.

¿Quién es el padre? Se sospecha de Horacio Quiroga, su gran amigo y acaso su amante. También de un conocido político. Pero es sólo conjetura.

De sus horas como oficinista deja un curioso texto: “Me acuna una canción de teclas; las mamparas de diques más allá de mi cabeza; barras de hielo refrigeran el aire a mis espaldas y desde el techo, pero no puedo verlo; bocanadas de asfalto caliente entran al paso de un tranvía distante. Clavada en mi sillón, dictando órdenes y correspondencia a la mecanógrafa, escribo mi pésimo libro de versos. ¡Dios te libre, amigo mío, de la inquietud del no morir!”

En 1916 publica su primer libro de poemas: La inquietud del rosal.
Empieza a escribir en revistas (Caras y CaretasAtlántidaNosotros), y en el diario La Nación.
Ya se habla de ella…

Después de La inquietud… siguen El dulce daño (1918), Irremediablemente (1919), Languidez y Ocre (ambos en 1920). Período romántico con atisbos de modernismo.

El segundo, ya en los años 30 y sin duda ligado al drama de su enfermedad, es juzgado como el más interesante, oscuro, irónico, cargado de angustia, y claramente expuesto en Mundo se siete pozos (1934) y Mascarilla y trébol (1938: el año de su muerte).

Para entonces, en 1927, estrenó en el teatro Cervantes su obra El amo del mundo… a la que siguieron Dos farsas pirotécnicaCimbellina en 1900 y pico, y La cocinerita.

Desde sus primeros versos, algún crítico advirtió, por lo menos, su originalidad, que mucho más tarde dictaría este juicio: Cambió el sentido de las letras de América latina“.

Pero también sembró desacuerdos.
Prosa feminista“. “Estilo romántico con un punto de vista erótico y sensual“. “Resentimiento hacia la figura del varón“.
Y más tarde, “Pluma abstracta y reflexiva“.

En cuanto a la crítica literaria y su microscopio, su reducción, su jibarismo, “Los textos de Storni de 1916 a 1925 son románticos tardíos, pero a partir de Ocre denotan rasgos de vanguardismo y antisoneto, el verso blanco”.

De pronto, la pléyade porteña le abre sus brazos. Anima las tertulias literarias y las discusiones políticas del célebre café Tortoni. Colecciona amigos de fuste: José Enrique Rodó, Amado Nervo, José Ingenieros, Juana de Ibarbourou, Manuel Gálvez, Arturo Capdevila, Conrado Nalé Roxlo, Amado Nervo.

Apuesta al socialismo. Reparte panfletos del partido de Juan B. Justo. De noche, en el café, lee sus poemas con su inconfundible voz metálica.
Ya es una figura insoslayable.

Pero, fumadora impenitente desde niña, en 1935 el diagnóstico le cae como una gota de plomo fundido: cáncer de mama.
La operan. Pero ya no tiene chance. Se deprime profundamente. Habla del suicidio como el máximo acto del libre albedrío. Pacta con Leopoldo Lugones: ambos deberán suicidarse al mismo tiempo.

En octubre de 1938, después de escribirle dos cartas a su hijo y un poema de despedida al diario La Nación, viaja a Mar del Plata, se aloja en un hotelito cercano a la escollera del Club Argentino de Mujeres, y el 25 de ese mismo mes, de noche, camina hasta la playa, y se hunde en el mar.

Breve crónica del día siguiente:
“Sobre la playa La Perla apareció esta mañana el cadáver de una mujer como de cincuenta años, de cabellos blancos, muy menuda y pobremente vestida, informaron marineros de la subprefectura. El cuerpo fue conducido a la morgue. Se ignora su identidad, ya que lo llevaba encima documento alguno”.

(Post scriptum. Una línea de uno de sus poemas dice “La caricia perdida, ¿quién la recogerá?”. Es difícil expresar mejor el drama de la soledad, de la fealdad que –injustamente– siempre se adjudicó, y de la desesperación por amar y ser amada. Pero muchos miles o acaso millones han recogido esa caricia perdida en cada uno de sus libros, en cada uno de sus poemas, en cada paso de su vida. Ergo, esa duda y esa imploración han encontrado respuesta), reseña Infobae

(noticiasaldiayalahora.co)

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